En recuerdo de un gran ser humano

Desde los inicios de la humanidad, hemos querido entender la muerte, las causas y todo eso; pero sobre todo, siempre ha habido ocasiones en las que no nos explicamos cómo una persona tan querida puede llegar a morir.

Desde que éramos niños, mi hermana y yo teníamos claro quién era nuestro tío favorito: un hermano de mi mamá, el segundo de 4 hermanos. Este tío tenía un “no sé qué” y siempre queríamos estar con él, nos entendía, jugaba con nosotros y nos tenía una paciencia infinita, cosa rara en un adulto, quizá por eso era nuestro consentido. De igual manera, el sentimiento era recíproco y él se sentía a gusto con nosotros, me lo dijo en 1998, cuando yo ya tenía casi 20 años.

Cuando nací yo, y posteriormente mi hermana, vivíamos en el mismo domicilio, pero él estaba en una casa independiente de un primer piso, en el mismo domicilio, mientras que nosotros estábamos en la planta baja. Posteriormente, mi hermana y yo nos fuimos a vivir al Istmo de Tehuantepec, como ya he dicho antes, y al menos yo, por encima de mi papá, extrañé a mi tío muchísimo más, la verdad. Él se quedó a vivir en el DF y así fue hasta el último de sus días.

Era profesor de Primaria y de Secundaria, “Maestro Normalista” y asimismo, en los años 60´s, ante la efervescencia mundial del Comunismo, estudió la carrera de Antropología Social, aunque nunca la ejerció. Nos platicaba que tuvo que trabajar casi desde los 16 ´0 17 años y había sido cierto: aprovechando que nuestro pariente Ernesto Zárate López fue director del “Calendario B” de la SEP (un puestazo en aquellos años) mi tío obtuvo una plaza como maestro en un pueblito perdido de la región de la Cuenca del Papaloapan: San Lucas Ojitlán, Oax., antes de la construcción de la presa Miguel Alemán, es decir, cuando esa región estaba totalmente fuera del mapa. (En este 2011 la cosa ha mejorado un poco: ya no está totalmente fuera del mapa, sino “casi totalmente fuera del mapa”).

A mediados de los años 70´s consiguió una plaza aquí, posteriormente la otra, y fue la ciudad donde se jubiló, en octubre de 2000. Desde el año 1986 aproximadamente fue él quien se fue a vivir al depto. del que platico en el post de mi ingreso a la UNAM, y ahí vivía cuando dejó este mundo.

Mientras nosotros vivíamos en el Istmo de Tehuantepec y él en México DF, tanto mi hermana como yo ansiábamos las vacaciones escolares (semana santa, verano, fin de año) para poder verlo y que nos consintiera, y mientras fuimos niños nunca nos defraudó: desde que sabíamos el día en que llegaría nos despertábamos temprano e insistíamos en ir a la terminal de autobuses a recogerlo, y aunque como niños éramos más estorbo que ayuda, nunca nos dijo nada. Ese encanto se rompió hasta cuando yo estaba por cumplir 17 años: era el inicio de las vacaciones de semana santa del año 1996, y casi sin que viniera a cuento, mi hermana me dijo “antes yo me emocionaba muchísimo cuando venía nuestro tío, ahora ya casi no”; Yo le dije que sentía lo mismo, y que el día en que llegaba ya no lo veía como una fiesta nacional, sino como un día cualquiera. Ya estábamos creciendo y como adolescentes, buscábamos nuestra propia identidad.

Siempre, siempre, siempre, siempre, y siempre que tuvo oportunidad, nos echó la mano lo más que pudo, y esta es sólo una listita muy pequeña de lo que hizo por nosotros:

  • Cuando éramos niños nos cuidaba a mi hermana y a mí, aunque estuviera cansado, nos dedicaba tiempo de calidad. Más a mi hermana que a mí, pero “me salpicaba” su cariño fraternal.
  • Cuando le pedí un carro patrulla de juguete, me regaló la mejor que encontró, y se negó a que mi mamá se la pagara, me la dio como regalo de navidad (A nosotros jamás nos engañaron con Sta. Claus, siempre supimos que a fin de año, nuestros papás o algún otro ser humano nos regalaría algo).
  • Me da pena decirlo, pero en la navidad de 1986 yo tuve un ataque de liendres, y fue él quien se tomó 3 tardes para quitarme todas las que encontró. Posteriormente mandó a mi abuelita, su mamá, a comprar el shampoo Her-Klin (o como se escriba).
  • En esa misma navidad y año nuevo él organizó en casa de mi abuelita una fiesta tan bonita, que casi todos los que asistimos aún la recordamos vívidamente.
  • La verdad ignoro cuántas veces le prestó dinero a mi mamá para que nos comprara galletas, dulces o ropa, y se negó a que se los pagara; mientras, mi papá se hacía como que la virgen le hablaba.
  • En diciembre de 1994 me regaló unos tenis marca Charly, de basquetbolista, y que en el bachillerato todo mundo me chuleaba.
  • En enero de 1997, cuando hice mis trámites de la UNAM, él le prestó dinero a mi mamá para mi pasaje del autobús, me dio los $100.00 pesos para pagar la ficha, y me mantuvo los 4 días que estuve allá.
  • En febrero de ese mismo año, le regaló a mi hermana un disco compacto de Enrique Iglesias por su cumpleaños.
  • Cuando yo fui a hacer mi examen de la UNAM, también me mantuvo y se molestó conmigo cuando no le acepté que me invitara un vasito de fruta con yoghurt, no le gustó nadita la explicación que le di de “no quiero hacer que usted gaste demasiado en mí”.
  • Cuando me vine a vivir con él en 1997, se esmeró en cocinarme aunque estuviera cansado, me mantenía (para variar) y me daba una cantidad quincenal para mis gastos de la escuela; mientras, mis papás hacían como que la virgen les hablaba.
  • Varias ocasiones dejó de ir a sus parrandas de fin de semana para acompañarme y que yo no me sintiera tan solo en esta megaciudad caótica.
  • En los años 1998 y 1999 nos dejamos de llevar bien: hubo un problema familiar muy fuerte que a él le estresó demasiado, le quitó todas sus horas libres, horas de sueño y de tranquilidad. Yo no lo entendí, y por poco y nos mandábamos al carajo. Pero nunca dejó de darme dinero para gastar, a pesar de que yo en el ´99 fui un NiNi (ver mi post “Crónicas de mi NiNiez”) y no ataba ni desataba.
  • Nunca me levantó para hacer las labores domésticas: le pagaba a una persona para que hiciera el aseo del depto., le lavara y la planchara la ropa, y muchas veces me pidió ropa para que se completaran las 3 docenas,  yo aprovechaba para darle a la sra. la mezclilla. Un tipazo.
  • Aún cuando estaba muy enojado, en cuanto se le pasaba se acercaba a mí en son de paz.

Y así podría seguir, sin mencionar nunca las suficientes acciones de bondad que tuvo conmigo y con los demás.

En sus últimos meses de vida, cuando ya sabía que no le quedaba mucho con nosotros se enojó con la vida: empezó a alejarse de nosotros y a ponernos cara de enojo, y trató de convencerse a sí mismo que no lo queríamos, que nos daba lo mismo su partida definitiva, y hasta trató de dejarnos de hablar. En retrospectiva, la explicación que me doy para esas actitudes que él mostraba es que dado que ya sabía que iba a morir, no podía soportar la idea de que ya no nos iba a ver ni a proteger, y eso lo hizo enojarse mucho con la vida, con la muerte y tal vez hasta con Dios, por lo que para no sufrir, prefería enojarse.

Semanas antes de su fallecimiento, platiqué en la Facultad con una chica tras cuyos huesitos yo andaba. Me platicó que acababa de ir a la misa de un año de un pariente que había fallecido ¡oh sorpresa! por cáncer de estómago, mismo padecimiento que llevó a mi querido tío a la muerte. Le platiqué a la chica en cuestión que yo pasaba por un problema similar, y de todo lo que me dijo recuerdo que me insistió en que yo le dijera a mi tío lo mucho que lo quería, que él lo supiera porque después la culpa no me iba a dejar vivir.

Finalmente, un día antes de morir, me tocó hacer guardia con él, ya nos habían dado del hospital un “aviso de gravedad” y teníamos pase permanente las 24 hrs. del día. Apenas podía moverse ya, y le costaba trabajo respirar, así que recordando lo que me dijo la chica, le hablé, lo tomé de la mano y le dije lo mucho que yo lo quería, lo mucho que todos lo queríamos, y que si y pudiera, lo curaría y lo sacaría de ese lugar; era mi manera de decirle que no quería que se muriera. Recuerdo que estaba más bien sedado o dormido, y en un momento dado me pregunté en voz alta si me estaría escuchando, en eso, él se movió y me dijo con la cabeza que sí, lo cual me tranquilizó.

Lo enterramos en el Istmo de Tehuantepec, en su ciudad natal, que es la misma ciudad de mi mamá, mis tíos, mis bisabuelos y más atrás. Él me había pedido que si podíamos le hiciéramos así, y mi mamá y mis tíos no hubieran permitido que fuera de otra forma. Sólo me solté a llorar cuando vi que su ataúd ya había bajado hacia la fosa, y yo, que hasta ese momento estaba tratando de repartir consuelo a los otros parientes me deshice, tanto, que una vecina que me conoce de toooooda la vida se acercó y trató de darme ánimos.

Ahora, en el año del décimo aniversario de su partida definitiva reconozco que aún lo extraño, extraño su guía, su mal humor, pero sobre todo, ese sentido de apoyar y ayudar, a veces sacrificando su bienestar y comodidad personal.

Tío: de verdad que usted no sabe cuánto extrañamos su partida. Aunque ella no lo dijera, era usted el consentido de su mamá, mi abuelita. Era también el consentido de todos sus hermanos, de sus primos hermanos, por supuesto de que de sus sobrinos, y de mucha gente que lo conoció. Si después de esta vida tenemos posibilidad de reencontrarnos, le aseguro que se va a ir de espaldas cuando sepa el tremendo vacío que su partida nos dejó.

Post dedicado a la memoria del profesor y Antropólogo Social Fleures Benítez  Alonso (1951-2001).

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