Otro post melancólico

La situación podría parecer atípica; sin embargo es de lo más normal: Estoy en la escuela, arriba de un árbol. Crecí en una parte el país donde esto es absolutamente normal (o lo era en aquellos años) y fui a escuelas públicas, así que el control sobre este tipo de conductas era nulo.Es la hora del recreo, y no recuerdo si he estado todo el rato aquí arriba, o antes estuve haciendo algo más. El caso es que ya estoy aquí, pensado y recordando. Tiene aproximadamente 2 años y medio que entré a esta escuela, ya estoy en sexto año y estoy próximo a salir, de hecho, ya estoy preinscrito en la escuela secundaria, y en este momento me pregunto ¿qué voy a extrañar de aquí? viene enseguida la respuesta: pocas cosas.

Recuerdo que a los pocos meses de haber entrado, cuando aún iba en cuarto grado, ya tenía dificultades irresolubles con muchas niñas de mi salón, ya no recuerdo quién abrió el fuego, si ellas o yo; pero el caso e s que no nos dirigimos la palabra ni en broma; sólo con algunas cuántas. Ya estoy en sexto, y la situación se ha agravado, así que extrañarlas a ellas no, no lo creo. Recuerdo cuando una de ellas tuvo la idea de mandarme a golpear con otro niño más grande que yo (y más bueno para los golpes también). Era la hora de la salida, y cuando vieron las patadas, las niñas de mi salón regresaron para ver el espectáculo, diciendo que me lo merecía. No recuerdo si en realidad lo merecía o no; pero la humillación la recuerdo bastante bien. Estoy recordando el episodio, y de repente ansío más que nunca que llegue el día de la clausura para ya largarme. Después me calmo un poco y sigo haciendo la pseudo antología.

Está Pablo, quien hasta el inicio del año escolar había sido mi mejor amigo. No quería que yo me sentara junto a él en el pupitre, se lo había agandallado para él solo; pero yo lo elegí porque me había estado sentando en el sector más relajiento del salón, y me estaba empezando a distraer. Al poner mi mochila junto a la suya, me la puso en algún otro lado y al volverla a poner en lo que él consideraba “su” pupitre, la volvió a mover. Le pedí a la maestra, quien lo obligó a tolerarme, el enojo le duró sólo unas horas, y después fuimos muy amigos, nos visitábamos en nuestras casas y nos llevábamos muy bien. Al iniciar el sexto grado, lo encontré frío, no nos habíamos visto durante todas las vacaciones, y su conducta me extrañó. Después vi que se llevaba mucho con Catalino, uno de los que más me “bulleaba”, y deduje que durante las vacaciones le había metido ideas en la cabeza a Pablo, y éste las creyó. La amistad no era tan sólida después de todo.

Hacia la mitad del sexto grado, ellos se pelaron y yo, que durante todo el tiempo que estuvo “influenciado” por Catalino siempre había buscado retomar la amistad, volví a buscarlo. Si esto pasara hoy, los mandaba a la chingada a los dos; pero en ese entonces yo pensaba diferente. Retomamos la amistad; pero algún tipo de intuición me decía que las cosas ya no eran iguales y me mantuve más reservado; él me rogó que entráramos a la misma secundaria; pero yo no le creí del todo y me mantuve firme en donde estaba preinscrito. Algunas cosas buenas debieron pasar hacia las últimas semanas del sexto grado; puesto que en un calendario que encontré algunos años después, vi una notita de mi puño y letra que decía “Adiós a Pablo” y tenía una flechita apuntando a la fecha de la clausura.

Aproximadamente 4 años después, ya en el bachillerato, que cursamos en la misma escuela aunque en salones muy diferentes y muy alejados, un día, como de la nada, se acercó a mí y después de dudarlo unos instantes, me preguntó que qué clase me tocaba, se lo dije con un tono de indiferencia, y me respondió “Ah. Sale, luego nos vemos”. Fueron las últimas palabras que cruzamos.

Sigo en el árbol, y me parece que el recreo ya se extendió más de lo que creí, y sigo recordando. Pienso luego en mi escuela anterior, en otra localidad, donde yo era rey: admirado, respetado, hacía amistades con facilidad, y parecía que todo el mundo quería llevarse conmigo. Todo eso ha quedado atrás, aquí no soy nadie, me hacen bulling (que en ese tiempo ni nombre tenía este fenómeno) y sólo quiero salir corriendo. Parece que todos conspiran contra mí, niños, niñas, y simplemente ya no quiero verlos, ni ellos a mí, por lo que parece, nos toleramos y hay días en que jugamos juntos; pero siempre diciéndonos palabras hirientes.

Hace algunas semanas encontré unos cassettes que decían “La Caja de Los Beatles” y por curiosidad primero, luego por gusto, pongo a tocar los cassettes una y otra vez, escuchando acordes melodiosos, armónicos, y muchos melancólicos. Me gustan mucho “Don´t Let me Down”, “Norweigan Wood”, “Ticket to Ride” y “Girl”. La de “I am The Walrus” me hace pensar que el cassette está mal grabado, y luego me asusta. Pero prefiero escucharlos a ellos que ver a alguien de mi escuela. Sigo en el árbol, abajo otros niños de otros grados juegan tranquilos, me pregunto qué tienen ellos que yo no tenga para que sí puedan convivir, luego intento tararear “Don´t Let me Down” y desde luego no me sale: en las escuelas públicas no enseñan inglés, y en Oaxaca menos. Mis papás tampoco parecen muy interesados en que yo aprenda algún idioma adicional al castellano.

Me siento triste, ya casi se va a acabar el año escolar, y aún siento la pérdida de mi amigo, aún lo considero mi amigo, aunque él ya no. Intento pensar por un momento en la secundaria, y eso me alienta un poco: desde hace varias semanas, reconocí que ya no iba a poder llevarme bien con mis compañer@s de la primaria, y lo mejor era empezar de cero en otro lado, a la secundaria donde estoy preinscrito no va a ir prácticamente nadie de mi actual escuela, y yo ni quiero verlos.

Me pongo a pensar en lo que puedo hacer para ya irme, hay veces que quisiera no ir a clases; pero sé que es un deber, y ni modo, sigo asistiendo. En el árbol no hay nadie más que yo, y nadie parece notar mi presencia, abajo, los niños siguen jugando, corriendo, llevando una vida aparentemente normal, y yo sigo preguntándome qué pasa en mi vida. Corto algunos capullos de flor para simplemente desbaratarlos y tirarlos hacia el patio, observo cómo caen, y de repente veo abajo una ropa conocida: es Pablo, que hace ademanes de que se va a subir al árbol. Me pregunta qué hago, le digo que nada, y comenzamos a platicar. En ningún momento dejo de pensar en que cómo pudo dejarse llevar por las habladas de Catalino, y al recordar que ya voy de salida de esa escuela justo en ese momento, caigo en la cuenta de que ya nunca, jamás, vamos a poder recuperar la amistad, así que sigo platicando, intentando guiar la conversación hacia temas más superficiales, porque de mis cosas, deseos, inquietudes, etc.; ya no le voy a contar. Jamás.

Pablo vuelve a insistirme que por favor me inscriba en la secundaria donde él va a asistir, le digo que no es posible, y así seguimos, él quién sabe con qué intenciones, y yo solamente desando que ya se acaben las clases, empiezo a poner cara de fastidio, y él me dice que vayamos a comprar algo al puesto de dulces, yo ya me terminé mi dinero del día, así que accedo más por fuerza que por ganas. Él compra una mini paleta de dulce, y en ese momento suena el timbre-chicharra que anuncia el fin del recreo. En secreto yo lo agradezco, y Pablo y yo nos encaminamos hacia el salón, platicando intrascendencias.

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