Flashback melancólico

Es algún día lluvioso de septiembre de 1997. Llevo mes y medio viviendo en esta ciudad sui generis donde se han tejido millones de historias. Son como las 4 de la tarde y yo estoy metido en mi cama, bajo dos cobijas y sintiendo todavía un frío que no puedo espantar de ninguna manera. No puedo dormir ni es mi intención, me metí a la cama y decidí cubrirme de pies a cabeza porque no tengo a dónde más ir: estoy solo en el departamento donde ahora vivo, los tíos con quienes lo comparto están trabajando y llegan hasta la noche, la señora que hace el aseo llega hasta dentro de 2 días. En el radio suena Alfa Radio, mi única compañía y que me ayuda a espantar esa sensación de soledad que ya no puedo ignorar.

Hecho bolas, tanto con el cuerpo como en la mente y corazón, pienso y pienso, trato de reflexionar, pero no me gustan mis conclusiones. Trato de añorar, pero me convenzo a mí mismo de que es perder el tiempo: tomé mi decisión, y ya no hay marcha atrás. El departamento siempre está en semipenumbra, y con este tipo de días más. “Es porque casi no le da el sol” me ha dicho mi tío, en un débil intento por ayudarme a acostumbrarme. Yo sólo lo escucho, y mi tristeza se aviva más que nunca pero él no lo nota (ni quiero que lo note), está demasiado estresado por su trabajo, cansado como para sentarse a que platiquemos. La confianza que yo le tenía diez años atrás se fue, para siempre, creo, y en ese momento me siento más solo que un náufrago.

Metido en la cama con estas malditas cobijas inútiles, pienso que ni con cien de ellas podría dejar de sentir frío. Me pregunto qué estarán haciendo mis nuevos compañeros de “la escuela”, aún no me acostumbro a llamarle “Facultad” ni “Universidad”; es simplemente “la escuela”, como había sido siempre. Y aún llamo “compañeros” a esos desconocidos con los que no me acoplo y que tampoco les interesa saber quién soy yo. Quisiera creer que en el futuro van a ir mejorando las cosas con ellos, pero algo dentro de mí me dice que va a ser muy complicado. Vuelvo a girar, lo que hace que me pase a una parte del colchón más fría aún, cierro los ojos y quisiera dormir, para despertar 1 ó 2 años atrás, cuando yo era más feliz. O por lo menos estaba más contento. No sucede, ni siquiera por compasión Morfeo me lanza polvos mágicos. Abro los ojos, me atrevo a destaparme la cara y ver hacia la ventana, afuera sigue nublado, levemente más oscuro, y creo que hasta ha comenzado a lloviznar. Ya no podré ir a la tienda a comprarme un refresco. Pero con el frío que tengo, tampoco le veo mucho sentido.

Ya llevo como 40 minutos acostado, no me quiero levantar, no quiero seguir acostado, tengo que leer para “la escuela”, pero el libro permanece donde ha estado las últimas 3 horas: metido en la mochila. Lo más seguro es que mañana siga ahí, o que salga sólo para recordarme que no me puedo concentrar. Prefiero no sacarlo. En el radio a los de Alfa se les ocurre poner “Lift me Up” de Red 5, un ritmo Trance repetitivo, tranquilo y melancólico que tampoco me ayuda en mucho a sentirme mejor; no obstante, esa canción me gusta y mientras dura me siento menos mal. Otra vuelta en la cama, más frío. Me pregunto cuánto falta para que llegue mi tío y yo por fin pueda platicar con alguien. Faltan como 3 horas; pero sé que vendrá cansado, con trabajo adicional, y no podremos platicar. La tele está más que  aburrida y no tenemos cable.

De repente, me acuerdo de una chica. “La” Chica. No me pela, me late mucho; pero muy en el fondo sé que más que latirme, quisiera que me latiera. No tiene caso llamarle por teléfono, no sé si esté o si me quiera contestar, apenas recuerda quién soy yo. Volteo a ver el teléfono, sólo tengo que estirar la mano, ni siquiera tendría que salirme de las cobijas, pero ni siquiera lo intento: no tengo nada qué decirle. Y tengo mucho frío. Me pregunto qué estarán haciendo mis amigos allá en el Istmo, el mejor de mis cuates estará estudiando muy seguramente. De los otros no tengo idea de qué anden haciendo. Mi mente regresa con mis nuevos compañeros y sólo puedo especular: ¿En qué se divertirán? ese chavo de los lentes redondos y que se viste mucho de negro ¿qué estará haciendo ahorita? (Tal vez un culto satánico. Tal vez no). ¿No se aburrirá de atravesar diario la ciudad la niña que vive en Cuautitlán Izcalli? ¿En qué se divierten los chavos de la UNAM en esta megalópolis? No doy una, ni siquiera puedo imaginar algo posible. Me siento tan lejos de ellos, y no sé ni cómo acercarme. Ya no me quiero mover en este frío colchón que se niega a ser cómodo, o siquiera un poco acogedor. Al los de Alfa se les ocurre salir ahora con “Inside Out” de Culture Beat, y remata su set con “Don´t Stop” de Gorgeous, más ritmos melancólicos, y yo apenas contengo las ganas de llorar. Ésa era la música que apenas medio año antes me llenaba de energía por todo el mundo nuevo que me esperaba en el DF. Creo que ese mundo me sigue esperando, y yo bajo las cobijas, con frío en el cuerpo y en el corazón, no puedo acceder a él. Me siento solo, distante, quisiera correr, saltar, hablar con alguien, con quien fuera, pero que me hiciera caso. No sucede, desde luego. No sucederá, lo sé.

“¿Dónde están, compañeros, qué hacen?” quisiera preguntarles “¿Sabe alguien por qué hago payasadas en el salón?” “¿Saben algo? En realidad sí supe de la comida que organizó una de ustedes; pero no quise insistir cuando a quien le pregunté me dijo que no sabía nada de nada. Eso me dolió en el corazón, y no sé cuánto tiempo estaré resentido por eso. Pero de verdad los aprecio. Sólo que estoy metido bajo las cobijas, con frío, solo, ellos en su mundo, yo en el mío. Quisiera otra vez dormirme, pero en ese momento me entra la seguridad de que no lo voy a lograr: llevo más de 1 año acostumbrado a dormirme pasadas las 12 de la noche, así que esto va para largo. Me pregunto si los suicidas meditan mucho antes de decidirse a dar el paso definitivo, y si también sienten el frío bajo dos cobijas. Me acuerdo de mi papá, de los últimos días que pasé con él antes de venirme para acá. Lo que platicamos entonces aún resuena en mi mente, fueron cosas abiertas, francas, como nunca antes lo habíamos hecho. Recuerdo que me dijo que si yo estaba melancólico mejor que no viajara. Recuerdo su choque de manos y fuerte apretón en el momento de subirme al autobús, y me entran las ganas de llorar. ¿Para qué carajos me vine? ¿Por qué no puede ser todo como antes? Las ganas de llorar pasan pronto y mejor pienso que lo que estoy haciendo es lo que he hecho los últimos 3 años: estar solo por las tardes. Sólo yo y mis pensamientos, mis ilusiones y mis deseos. No necesito a alguien para pasar la tarde. “¡Mentira, todos necesitamos a alguien!” me dice una vocecita interior, esa voz que desde 1994 he tratado de que no me moleste. Otra vez las ganas de llorar. Mis amigos del Istmo, las aventuras que pasamos juntos, el simplemente caminar pocas cuadras y caerles de sorpresa “a ver qué hacíamos”. Ahora, metido bajo las cobijas, muerto de frío, a casi mil kilómetros del Istmo, en una ciudad enorme ¿A quién visito? ni siquiera sé regresarme de “la escuela” al departamento: ninguno de mis dos tíos (ni nadie) sabe que me perdí dos veces al intentarlo por mi cuenta.

Afuera sigue nublado, sigue amenazando con llover, el cielo está bastante gris. Más oscuro, pues el día ya está finalizando, aquí sí oscurece temprano, y eso significa que hará más frío para mí. Vuelvo a pensar en “la” chica, quien tal vez esté ocupada, y sin acordarse aún de quién soy yo. Juraría que me estoy hundiendo en la cama, y ya sólo quiero que llegue la noche para dormir un rato, a ver qué depara mañana. Nada diferente, seguramente. ¿Me querrá golpear ese chico al que le decimos “El Enigmático”? No parezco existir para él tampoco, como parece que no existo para ninguno del salón donde tomamos clase. El otro día me senté junto a la puerta, cuando acabó la última clase salí casi corriendo. Nadie lo notó, nadie se acercó a mí al otro día para preguntarme si estaba bien o para preguntar qué me pasaba, o el porqué de la prisa. La verdad simple y llana es que no existo. Somos 60, ya me sé cincuentaitantos nombres completos con sus apellidos, pienso (erróneamente) que seguiremos juntos toda la carrera, así que quiero ser cortés y hablarles por su nombre. Ellos no saben que conozco sus nombres completos. El frío ya está más fuerte para mí, pero sé que ninguno de ellos lo sentirá: casi todos han vivido aquí toda su vida, y el único que viene de provincia al igual que yo, viene de un clima prácticamente igual. Sé que mañana no podré platicar con nadie sobre el mucho frío que hizo ayer, me vería ridículo.

Alfa pone otra canción, pero en ese momento da lo mismo, una canción más o una menos ¿qué cambia? Nada. Por un momento recuerdo dónde estoy, y quisiera salir a pasear, pero no le veo sentido, el dinero no me alcanzaría, y ni sé cómo llegar. Tampoco nadie me explicaría. Tengo frío, mucho frío… ¿cómo me lo quito? “Me tengo que aclimatar, es un proceso que lleva tiempo”, me dice mi mecanismo de defensa. No funciona. Me levanto y voy  la cocina “a ver que hay”. Lo mismo de hace rato, y de todos modos no tengo hambre. Por un momento, me parece que la cocina, colorida e iluminada el día de mi examen de admisión, está ahora más gris y fría que antes. Afuera pasan los carros, pero se oyen lejanos, muy lejanos. Todo en este momento me parece lejano y ahí estoy yo, viéndolos; pero ellos no me ven. No les interesa. Dudo si regreso a la cama o enciendo la tele. La enciendo y luego la apago pero ya no vuelvo a encender el radio. Quisiera mandarles saludos a algunos de mis compañeros, pero muy seguramente no los van a escuchar, en estos días sólo he escuchado cómo despotrican contra Alfa Radio, ya que son más dados al Rock, un género desconocido para mí. Y si llegan a escuchar mis saludos, se reirán de seguro, pues hasta ahora no he oído que sean fans de escuchar radio.

Me entra una pequeña angustia por no cumplir y tomo el libro que debo leer para mañana. No le entiendo. No sé cómo voy a pasar el examen pero tampoco me interesa; y guardo nuevamente el libro. No siento nada ya, se me fue rápidamente esa repentina angustia que me acababa de dar, solo siento frío, y esa sensación que no quisiera ni nombrar, pero que ahí está, definitivamente instalada. No quisiera nombrarla, pero muchos la llaman Soledad.

Afuera no sale el sol. No va a salir hoy, lo sé, y el gris predominará, salpicando mi vida con su toque de aislamiento. Finalmente, el sueño llega a mi rescate y duermo un rato. Tal vez pronto las cosas mejoren; pero estoy casi seguro que no. No veo opciones, mejor duermo, duermo…..

Un pensamiento en “Flashback melancólico”

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